Crítica: Las Vanguardias Rusas
La exhibición de Vanguardias Rusas en Madrid este primavera 2006 está ubicado en dos sitios, y es necesario ir a ambos sitios y ver los dos partes, para experimentar la exhibición en total. Quiero decir, los dos partes de la exhibición, aunque están en sitios diferentes, sirven como complementos uno al otro, y no se puede realmente apreciar la exhibición sin verlo todo. Además, recomiendo seguir el orden que sugiere el museo, que es empezar con la colección instalada en el Museo Thyssen-Bornemisza, y ver después la colección en la Fundación Caja Madrid, para verlo en un especie de continuo de lo más reservado a lo más experimental (o por lo menos, lo que es menos reconocible como arte tradicional).
La exhibición en el Thyssen (que yo vi el 15 de febrero) presente a espectador, aun de la primera sala, un gran contraste entre las interpretaciones de los pintores Rusos en como ven su país, y como lo representan en sus obras. Dos de las obras de Wassily Kandinsky en esta primera sala, “El Destino. El muro rojo” y “Improvisación n. 11,” contrasten fuertemente con los de Niko Pirosmanashvili casi al lado, “Príncipe con un cuerno de vino” y “Reunión de familia.” Los de Kandinsky no tienen las formas concretas de Pirosmanashvili, y parecen ser improvisados en forma, pero no en contenido. Al contrario de la vida oscura y fría en que yo pienso cuando pienso en Rusia, Kandinsky emplea colores brillantes, manchadas y mezcladas, y sus cuadros son mucho más ligeros que yo pensaba que serían pinturas inspirados por Rusia en 1909. Los cuadros de Pirosmanashvili, al otro lado, cumplen mis expectaciones sobre las temas de arte Rusa al principio del siglo XX. Sus cuadros emplean blanco y negro para describir a sus sujetos, y solamente usa colores de azul y amarillo para hacer el trasfondo y pintar acentos por el cuadro, pero casi todo está en blanco y negro, que crea un sentido de una vida dura y serio, y mucho más pesado que lo que ilustra Kandinsky. La reunión de la familia que pinta Pirosmanashvili no parece una reunión feliz, sino una que falta decadencia y falta comida, y su empleo de tan poco color hace un contraste fuerte con los cuadros de Kandinsky.
El contraste entre estos dos pintores se repite por toda la exposición, con varios artistas contrastando las obras de otros, y por eso, la exposición se ve muy ecléctica. No se puede definirla por un estilo o pintor, ni una sola media, puesto las obras de escultura de metal y papel. Hay cuadros muy abstractas (Mijail Larionov, “Riña en una Taberna”), cuadros cubistas que parecen ser todos del mismo artista, pero cada uno es de alguien diferente (Rózanova, Udaltsova, Popota), cosas que he visto mil veces antes (Popova, “Bodegón con instrumentos”), y cosas que nunca he visto en mi vida (Baranov, “La Danza,” una escultura de madera pintada que parece un intento de recrear un cuadro cubista en un espacio de tres dimensiones).
Hay tres cuartos en el Thyssen que son dedicados a un artista diferente cada uno, un para Marc Chagall, otro para Kandinsky, y otro para Pável Filónov, y mi cuarto favorito, porque nunca había visto nada de él, era lo de Filónov, el artista que, de toda la exhibición, me parece el epítome de la vanguardia rusa. Los cuadros de Filónov (obras mostrados son de 1912-30) son como mosaicos, todos increíblemente ocupados y complicados. Filónov llena el cuadro con escenas pequeñitas, que de una distancia crean otras imágenes, usando lo geométrico para crear, a veces, lo orgánico, como en “Flores de Florecimiento Universal” o “Cosmos,” un cuado hecho tras 10 años (1920-30). Estos cuadros parecen caóticos, pero es más bien un caos ordenado, como “Fórmula del Proletariado de Petrogrado,” y él utiliza colores brillantes, pero en pocas cantidades, para crear la impresión de un rayo de esperanza en el mar de oscuridad que es la revolución bolshevik. Y por supuesto, en la próxima sala, hay unos cuadros para hacer un contraste fuerte con estos de Filónov, como “Colores de la naturaleza” de Boris Ender, que parece nada más que manchas simples de color.
La exposición continúa lógicamente en la Fundación Caja Madrid, donde hay una sala de dos pisos para empezar la exhibición (yo fui el 22 de febrero). El espacio en si es muy diferente en la Fundación que el del Thyssen, y ayuda a crear un sentido de que esta parte es más vanguardista que lo del Thyssen, y complementa la primera parte de la exposición por enseñar los cuadros más controversiales en un espacio igualmente controversial. El espacio es abierto, con paredes negros, en los cuales los cuadros son ubicados en diferentes niveles, creando un sentido vanguardista de rebelión contra la idea de una exposición en si. Las obras de escultura aquí no se protegen bajo vidrio, sino que se suspenden del techo, y todo el espacio parece más accesible, in parte por las proyecciones de planes 3-dimensionales en medio de la sala.
El segundo piso de la primera sala muestra fotografía Rusa, y los contrastes que se ven en el Thyssen continúan aquí. La mayoría de las fotos son de Alexander Ródchenko, y hay fotos muy serias que abarcan la tristeza y la pobreza de Rusia en los años 20, pero también fotos que muestran la alegría, gente con sonrisas irónicas, y juguetes de niños. Hay escenas de la vida diaria, la naturaleza (¡que no contiene nieve!), muchas fotos de la industria y cosas industriales, y unos que caben en estereotipos claros de Rusia, como “Columna del Club Dynamo.”
El arte en la Fundación, para mí, cabe mejor con el estereotipo de la vanguardia que lo que se presenta en el Thyssen, porque los cuadros en la Fundación son mucho más simples, geométricos, y se puede debatar si son realmente “arte” o no. Lo más especulativo, en mi opinión, es el serie de Kazimir Malévich de formas geométricas: “Cruz Negro,” “Círculo Negro,” Cuadrado Negro,” etc. (1923). Para mí, en ser tan simple, estos cuadros abarcan la idea de la vanguardia en su forma más simple y reconocible. Al poner estos cuadros en un lugar separado las obras de los artistas más reconocidos en el oeste (Kandinsky, Chagall, etc.), los conservadores de la exposición evitan que la gente hace comparaciones entre los artistas, y con las obras físicamente separadas, es más fácil apreciar ambos estilos de arte para lo que son, en vez de comparar uno con el otro. Todavía no estoy segura de que estas formas geométricas de Malévich son “arte,” pero es mucho más fácil formar una opinión cuando no están ubicados directamente al lado de una obra de un artista que conozco.
Tal vez la parte más interesante de la exposición, porque nunca antes lo he visto en un museo, son los cuartos en la Fundación Caja Madrid reservado para diseño gráfico y arte de propaganda. Estas imágenes son los que nosotros, como extranjeros, sabemos de Rusia al principio del siglo XX, y al tener dos cuartos enteros llenos de estas obras, es muy fácil ver la propaganda increíble que hizo el estado ruso en estos años. El negro y el rojo reinan el espacio, y las personas geométricas que faltan detalle nos recuerdan de lo estereotípico ruso, y se puede ver, tomando en cuenta el resto de la exhibición, como se ha cambiado nuestro percepción de “lo ruso,” porque después de ver la exhibición en total, es claro que “lo ruso” es mucho más que estos imágenes de propaganda negro y rojo. Estas dos salas sirven casi como recuerdos de lo que pensamos antes, y como no es justo categorizar un lugar como Rusia sin entenderlo en total, y esta exhibición nos ayuda a entender mejor, a través los estilos muy eclécticos que se constituyen las vanguardias rusas, los estilos diferentes de la vida en la Rusia del principio del siglo XX. La exhibición es interesantísima, y lo recomiendo a todos que quieren abrir la mente y aprender más que lo que se presenta en estereotipos.
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